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Los orígenes del vino:

Los arqueólogos solos identifican la producción de vinos cuando existe un número suficientemente elevados de pepitas de uva en un yacimiento.

Las primeras vinificaciones se realizaron hace unos 8 mil años en laderas de Georgia, en el Cáucaso, que fue llamada por los romanos como “fin de la tierra”.

Desde el Cáucaso el cultivo de la vid avanza en la única dirección posible, hacia el sur, deteniéndose en las fértiles tierras de Mesopotamia. El código de hammurabi, rey de Babilonia a finales del siglo XVIII a. C., se ocupa en detalle del cultivo de la vid y del comercio de vino. Desde Asia Central avanza hacia el este llegando a India y China. Pero es en dirección oeste, a través de Armenia y Siria donde el cultivo llega a su tierra prometida, el Mediterráneo. La tierra de Canaán (hoy Líbano y Israel), el Egipto de los faraones y la civilización cretense conocen a fondo los secretos de la elaboración y conservación del vino al comenzar el segundo milenio antes de Cristo.

Con base inicial en el Mediterráneo oriental, la viticultura y la enología recorren, perfeccionándose, un camino incesante hacia el oeste a través de la expansión de los fenicios, que fundan Gadir (Cadiz), hace tres mil años. Mas tarde, en el siglo V a.C., los griegos plantan viñas en Ampurias y Rosas (Cataluña), donde hoy por cierto, la carta de vinos de ese templo de la gastronomía mediterránea que “El Bulli” hace honor a dos mil quinientos años de tradición vitícola.

Prácticamente todos los remedios de Hipócrates, considerados el padre de la medicina, recomiendan diversas clases de vino. Los grandes filósofos griegos lo elogian. Merece la pena citar a Sócrates: “el vino templa los espíritus y adormece las preocupaciones (…) revive nuestras alegrías y proporciona aceite a la efímera llama que es la vida. Si bebemos con moderación y a pequeños sorbos, el vino destila hacia nuestros pulmones como el roció de la mañana (…) Es así como no viola nuestra razón, sino que nos lleva a una dulce alegría.”

Los griegos dieron buena prueba de su sofisticada cultura del vino, creando para su uso bronces, porcelanas y cerámicas de perfección y belleza nunca después superadas; sus elegantes “kilix” (origen de la palabra cáliz) se encuentran en los yacimientos arqueológicos de prácticamente todos los países mediterráneos.

Un aspecto que evidencia la fascinación que ejercía el vino sobre las antiguas civilizaciones del Mediterráneo es su relación con las religiones.

En el antiguo Egipto, el vino es minoritario frente a la cerveza, que es la bebida popular: lo consumen solo los faraones y los poderosos, en especial los sacerdotes, que lo utilizan frecuentemente como ofrenda a los dioses. La mitología egipcia lo asocia a Ra, divinidad solar, y a Osiris, dios de las tinieblas del más allá.

En la Grecia clásica, Dionisos, dios del vino, forma parte de su mitología más antigua, en la que también era considerado dios de la vegetación y de la fertilidad. Su doble condición de hijo de dios y mortal le hace más próximo a los seres terrenales; unida a la leyenda de que su sangre era en realidad vino, ambas creencias conforman un claro precedente de las que, siglos después, adoptaría el cristianismo. Por otra parte es evidente si recordamos que sus fiestas son origen del teatro griego y, por tanto, del mundo audiovisual de nuestros días.

En Lidia (la actual costa mediterránea de Turquía) el nombre Dionisos es Bacchus, que adoptan los romanos, convirtiéndolo en el más popular entre sus dioses. Las Bacchanalia o fiestas de Baco mantienen el mismo arraigo popular en todo el imperio que ya poseían en Grecia y perviven aun hoy bajo la forma de carnavales a pesar de las intermitentes prohibiciones del poder de turno, siempre celosos de la popularidad de Baco.

La devoción de los judíos por el vino es la esencia de su religión. Cuando Moisés envía por delante unos emisarios, el símbolo que traen de la Tierra Prometida es un inmenso racimo portado entre dos hombres. El vino es, desde entonces, protagonista principal de todas las festividades y celebraciones judías.

No es de extrañar, por tanto, que Jesús de Nazaret inaugurase su vida pública convirtiendo el agua en vinos en las bodas de Caná y que la cerrase con ocasión de su ultima cena en la tierra elevándolo a la categoría de sacramento, lo que tendría extraordinaria importancia para la supervivencia del vino en los difíciles tiempos del Medioevo y para su posterior expansión transoceánica de la mano de los misioneros.

El Imperio del Vino

A partir del siglo II a. C. los romanos toman el relevo de los griegos y, con su característica capacidad de organización, dan nuevos impulsos al cultivo de la vid, utilizando los valle de los grandes ríos (Ebro, Duero, Tajo, Guadiana) para colonizar con vids el interior de la península Ibérica. Entre los tratados de agricultura escritos por grandes autores romanos, el mas preciso y amplio en lo que se refiere a la viticultura es el escrito por un gaditano, Lucio Columela, en el siglo I d.C., titulado De Re Rustica.

El viñedo ibérico alcanzo en la época romana una gran importancia: las técnicas de cultivo y elaboración tradicionales (poda, recolección, utilización de tinajas para la fermentación) han perdurado con pequeñas variantes hasta bien entrado el siglo XX en la mitad sur de España.

En cuanto al resto de Europa, el empuje de las regiones romanas llevó al cultivo de la vid hasta las laderas del Rin y de la Mosela en Alemania o las de Danubio en Europa oriental, pasando antes por el Ródano francés y la hoy poderosa región de Burdeos.

A lo largo del oscuro y largo periodo que es la Edad Media, el valor sobrenatural que el vino representa en la liturgia cristiana resulta decisivo. Los monjes crean en 1120 una nueva cultura del vino centrada en sus monasterios románicos que arranca en Borgoña y llega hasta las márgenes del Duero. Más tarde, en el siglo XVI, la alcanzarán los de Rueda y, mucho después, los de las riberas altas del mismo río, hoy conocida como Ribera del Duero.

La expansión.

A partir de la conquista de Granada y del descubrimiento de América, España crea el mayor imperio hasta entonces conocido. Como antes los fenicios, griegos y romanos, los españoles llevan consigo a América primero el vino y luego las viñas. Las que mejor se adaptan son en los países con un clima mediterráneo: Chile y Argentina y mucho mas tarde en el siglo XVIII en California.

Paralelamente, los colonos holandeses e ingleses llevan las vides europeas a otros dos enclaves del clima mediterráneo en el hemisferio sur: Sudáfrica, en el siglo XVIII, y Australia a finales del siglo XIX.

A lo largo del siglo XX, la producción y comercio de vino sufren una transformación tal vez mayor que la ocurrida en los cuatro milenios anteriores, que hoy sigue desarrollándose a ritmo exponencial. Un proceso de cambio inicialmente apoyado en la innovación tecnológica se ve multiplicado por el incremento espectacular de la comunicación, el turismo y la globalización de los mercados.

La revolución tecnológica se inicia en las bodegas californianas en la década de los sesenta; la aplicación del acero inoxidable permite de pronto a regiones de clima mediterráneo producir por primera vez vinos de mesa finos que antes solo podían elaborarse en zonas mas frías. Todos los procesos relevantes – vinificación, crianza, almacenamiento, embotellado, transporte y conservación del vino – sufren profundas modificaciones en las que las barricas de roble nuevas, el frio, la climatización de las bodegas y el empleo de gases inertes y de aditivos antioxidantes tienen un importante protagonismo.

A partir de la década de setenta, la cuota de los vinos europeos en el mercado norteamericano inicia un ciclo descendente y hoy los vinos californianos lo dominan con el 70% del consumo.

En los años ochenta los australianos inician su propia producción vitícola. Los australianos quieren exportar sus vinos y es satisfactorio, siendo Estados Unidos y el sudeste asiático sus mejores mercados.

La década de los noventa tiene como protagonista a Nueva Zelandia, Chile, Sudáfrica y Argentina y asaltan los mercados europeos.

Todo apunta que el siglo XXI sea la época más dorada de su milenaria historia.

División vinícola:

Viejo Mundo: Italia, Francia y España.

Nuevo Mundo: Argentina, Chile, Australia y Sudáfrica.

 

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Información sacada y recopilada de Internet y de diversas fuentes de estudio.